Antes de ser Mamá era lo que llamamos “un palo vestido”, demasiado flaca, pero había un problema que no tenía: ¡la ropa! Mi talle era siempre el mismo, no tenía dudas, miraba una prenda en la vidriera y determinaba si me quedaría bien o mal.
En mi primer embarazo aumenté 17 kilos… ¿Se imaginan semejante transición? Yo no tenía la más remota idea, me consideraba una futura Mamá divina. Hasta que dos semanas antes de parir, un amigo al que no veía por mucho tiempo, me dijo “No me llama tanto la atención tu embarazo como tu cara redondita” ¡Glup! Era cierto, en el cumpleaños de mi madrina recuerdo haber contado hasta tres entre bocados, para no parecer hambrienta.
Bajar esos kilos me costó más de lo esperado, y yo tampoco ayudé lo suficiente… Desde entonces me sumergí en las luchas de la ropa “esto lo llevo suelto porque tengo panza” o “me quedo con ropa chiquita para obligarme a bajar de peso”… Finalmente logré algo bastante parecido a lo que deseaba.
Sin embargo, hace poco tuve que reacomodar la alimentación de mi familia…¡Y me comí todo lo que ellos no debían! Para que no se tentaran… Resultado: 3 kilitos arriba. JE!
El año pasado mi hija, con sólo 3 años me dijo “¿Querés ser una Barbie girl y estar a la moda?”. Me causó gracia que repitiera una publicidad textualmente, a tan corta edad. Ahora gritaría ¡SI, QUIERO!
Ya sé, no me digan nada…. urgente al gimnasio.
Loli